In memóriam

Elegía para un amigo

“Until one has loved an animal, a part of one’s soul remains unawakened.”

Anatole France, French poet

Aún no olvido el día en que nos conocimos, era tarde ya. La noche abrazaba con su oscuridad el cielo y cuando la mujer de ojos cérvidos abrió la puerta, ahí estabas tú. Igual que un amigo se lanza a los brazos de su compañero después de sobrevivir a la guerra, te abalanzaste sobre mí sin que pudiera evitarlo, pero sucumbí porque siempre he gustado de la compañía canina. Recuerdo que Ojos de venado se sintió apenada y pidió disculpas por tu arrebato. Sonreí y pregunté por tu nombre. —Tobías —me contestó, mientras intentaba fallidamente llevarte dentro—. Qué curioso eras, amigo, jamás aprendiste a mover la cola, todo tu cuerpo se movía cuando lo intentabas.

Jamás había conocido a un perro tan apestoso como tú, era increíble lo poco que te duraban las duchas, pero eras tan tierno como apestoso. Siempre creí que eras un poco incomprendido por tu nerviosismo y peculiar aroma, sentía que querías un poco de cariño y te decía que subieras tus patas sobre mí y aunque al inicio no sentías tanta confianza, después no podría quitarte de encima. 

A pesar de que con el tiempo vi que eras cariñoso con quien se dejara, me gustaba sentirme especial, porque así me hacías sentir al recibirme o incluso cuando no me dejabas ir e intentabas morderme al igual que a los autos a los que ladrabas. ¿Recuerdas cuando compré mi primera moto? Siempre te quedabas cerca, como cuidándola y nunca me pediste algo a cambio, sino un poco de amistad.

No lo sabes, pero a veces te veía dormir por la ventana. Con frecuencia corrías en tus sueños, eras tan inquieto y juguetón que hasta durmiendo estabas haciendo travesuras. Y aunque una travesura de esas casi te cuesta la mandíbula, no dejaste de jugar y correr de un lado a otro.

Hoy el día fue tan triste como el paisaje lúgubre en un cuadro al carboncillo. Miré la ya débil llama de tus ojos extinguirse mientras sostenía tu patita que siempre escondías. Espero que me perdones, amigo. Fui tan fuerte como pude, sin embargo, no conseguí contener el llanto al ver cómo tu inmenso corazón dejaba de latir y comenzaba el eterno sueño. Por un momento me pregunté si estarías soñando, qué estarías soñando o si todo esto era un mal sueño y, ¿cómo podría despertar?

Todo fue muy breve, hace un par de semanas me acompañaste a correr y aunque cansado, conseguiste llegar a la cima muy bien, pero jamás creí que ese sería nuestro último paseo juntos. Fuiste un valiente guerrero, pero el cáncer pudo más esta vez. Quiero agradecerte por todo. Jamás imaginé aquél día antes de cruzar la puerta que ganaría un amigo tan fiel; espero haber sido tan solo la mitad de buen amigo de lo que fuiste tú conmigo. 

Sé que nunca más nos volveremos a ver, pero te prometo que después de sanar el dolor que dejas hoy en mi corazón, celebraré porque en medio de la vastedad de un universo como en el que coexistimos, haberte conocido fue una extraordinaria coincidencia. Gracias por tanto, Puppy. 

Tanto como aquel escritor a su tinta y papel cuando se halla lejos de su escritorio, te extrañaré, fiel amigo.