Esquela

Sentado en un viejo sofá de tela oscura y con olor a humedad miro cómo el vapor del café emerge de la taza, inhalo fuerte solo para sentir cómo se condensa en mis pulmones e intento aliviar un poco el frío de la oscura habitación. Es fácil sentir el dolor de las grietas en la pared que ha sido reparada tantas veces. Observo extrañamente cómo mi sombra se separa de mí y se va por la puerta principal, pero solo las figuras aleatorias en la efigie del basilisco me causan miedo real.

Las caras resbalan hasta caer al fuego de la chimenea sin poder salvarlas y no quiero ayudarlas. Trato de resolverlo todo desde el papel en mi escritorio, pero la tinta es inane para abstener mi algarabía epistolar y cuando parece que las cartas están listas, terminan en la chimenea, sin posibilidad de ser leídas.

Sigo sentado leyendo en casa hasta tarde y antes de ir a dormir llevo la taza a la cocina, estando frente al fregadero cubro mis heridas. Tendré que esperar a que se sanen antes de volver a hacerme daño. Me desmorono y la habitación entera no tiene problema con eso, por eso sigo cambiando mis sueños por una oportunidad para seguir respirando.

Ya no me gusta despertar y fingir una felicidad inexistente, conforme pasan los días siento mi cuerpo arrecirse y mis lágrimas taciturnas se secan y desaparecen antes de hacerlo evidente, el llanto contenido es como la tinta que no llega a su destino. Muéstrame una forma de renunciar, fusiona el tiempo y el espacio y haz que la distancia quede atrás.

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