Sobre la verdad

Se puede asumir que existen múltiples verdades, pues aún las verdades obtenidas mediante la lógica están limitadas por el lenguaje empleado. La clave es la perspectiva con que se contemple un hecho y la conclusión de esta verdad dependerá de factores diversos, como el lenguaje, que a su vez depende de la estructura provista por la sociedad y cultura en que se desarrolla.

En la cotidianidad, individuos pueden tropezarse con ideas ajenas que son concebidas como verdades, por ello es importante interpretar la génesis de estas conforme al contexto, previo a emitir un juicio. El contexto juega un cometido muy importante en el alcance de la verdad pues alude a las circunstancias y condiciones que influyen sobre las ideas y sus conceptualizaciones. En consecuencia, la verdad dependerá siempre de su contexto debido a las concepciones disimiles sobre alguna situación.

La ontología y la epistemología proveen un punto de partida importante en la interpretación y comprensión de los fenómenos con que convivimos en la naturaleza. Las dos pueden variar de acuerdo con la perspectiva elegida; en la positivista, los fenómenos son factibles de medición y conteo mientras que en la relativista los puntos de vista solo son verdad bajo el contexto.

La ontología estudia la naturaleza de las verdades y la epistemología aborda cómo llegamos a estas verdades y sus métodos de obtención hasta llegar al conocimiento. Existe una relación simbiótica entre la epistemología y la ontología, pues epistémicamente aseveramos que no existen verdades plenamente subjetivas u objetivas, ya que estas van forjándose con el pasar el tiempo dentro de una sociedad. Luego, desde una perspectiva ontológica, simplemente no podríamos prescindir de la epistemología dada su naturaleza per se.

Llegado este punto, es posible cuestionarse sobre el fin de la verdad absoluta, máxime sobre la ausencia de esta; es decir, ¿qué sentido tiene buscar hasta el hartazgo una verdad que posiblemente no exista? No obstante, es de suma importancia cuestionarlo todo, incluso aquello que se asume como verdad. Grandes cuestionamientos pueden traen consigo otras preguntas, algunas con respuestas y otras más que carecen de solución, sin embargo, averiguar la mayor cantidad posible de estas interrogantes confiere brío al avance de la ciencia, misma que trae como consecuencia el progreso de la sociedad y su cultura.

Compete, pues, no aspirar al conocimiento como un todo, sino intentar ser menos ignorante cada vez e instigar a otros a ello y esto puede conquistarse al unir diversas verdades desde la mayor cantidad de contextos posibles advirtiendo que siempre habrá más preguntas qué hacerse y que jamás terminaremos de elucubrar. Asimismo, es importante evitar que el ensimismamiento propicie caídas en el equívoco de que solo las verdades propias son válidas y el resto se equivoca, ya que esto coadyuva a un pensar basado en dogmas.

En el pensar dogmático existen algunas religiones que simbolizan opiniones incuestionables, aceptadas como reglas; hecho que da paso a la ignorancia. El dogmatismo puede llegar a ser peligroso, porque este fomenta la segregación entre los miembros de la sociedad y estas conductas pueden ir escalando hasta suscitar eventos catastróficos como las guerras.

Cerca del final del quinto siglo previo a nuestra era, Sócrates proclamó que la principal consecuencia de la ignorancia es el mal —proposición que ha sido objeto de debate y análisis en el trascurso de la historia—, pero tiempo después Aristóteles resolvió que todo acto humano busca satisfacer la bondad. Por lo que se vuelve ineludible cuestionarse ¿qué quiere decir concretamente que la ignorancia propicie el mal?

No podemos soslayar el hecho de que el bien y el mal forman una dualidad de la misma forma que conocimiento e ignorancia por lo que, para hallar la virtud, es preciso cuestionarse sobre el todo y buscar la mayor cantidad de respuestas, pero siempre abiertos al debate para poder dar paso al conocimiento que trae consigo la prosperidad de sociedades y sus culturas.

“The sacred truth of science is that there are no sacred truths.”

— Carl Sagan

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