Un día sin ellas

 

Cuando era niño, mi pequeña mente siempre permanecía alerta, expectante a la naturaleza de las cosas que cercaban la atmósfera en que medraba mi existencia, no tengo la certeza, pero me gusta creer —aun si no fue así —, que mi primer palabra fue <mamá> o al menos un intento acercado de ello. Cuenta mi madre que aprendí a hablar rápido, hecho que encuentro absurdo contemplando mi situación actual, dado que prefiero transmitir mis ideas con la aquiescencia de la pluma y su lisura sobre el papel.

Entonces comencé a hacer uso del lenguaje y como la curiosidad implacable de un niño que apenas y consigue articular oraciones con un poco de sentido, comencé a comparar los objetos mundanos a falta de palabras para describirlos, es decir, si veía un objeto blanco me imaginaba leche, para un objeto azul el cielo era suficiente para describirlo. Mis padres no dudaron en que quizá era un momento adecuado para mostrarme el nombre de los colores.

Mamá y papá, han trabajado desde que los conozco, entonces era muy frecuente que mi hermano menor y yo fuéramos cuidados, con mucho placer, por nuestras tías, placer que puede entender cualquiera que tenga sobrinos. Un parpadeo nos hizo mudarnos a nuestra nueva casa y un día jugando con mi hermano, mamá se sentó a platicar conmigo y me dice que tendré que ir a un lugar llamado escuela.

Es increíble lo antiguo de estos recuerdos, pero permanece intacta en mi memoria la forma en que ella intentó convencerme de que existía un lugar fuera de casa que era seguro y además me daría herramientas para el futuro. <Jugarás con plastilina, aprenderás a contar y a leer —o como decía yo de pocos años, <leyer>—.>

En el preescolar algunas profesoras me enseñaron a tratar bien a los animales, cuidar el agua, las plantas; algunos valores, además de hacerme experimentar lo maravilloso del aprendizaje. Han pasado muchos años y aún me enternece el recuerdo de esos días en que esas profesoras de infinita vocación tuvieron la paciencia de soportar mis millones de preguntas durante mi estancia en ese pequeño lugar.

Miraba que mis compañeros tenían hermanas y cómo se llevaban con ellas, era, a percepción mía, una situación relacional completamente diferente de lo que yo conocía y quise experimentar eso, le dije a mamá que quería una hermana, pero que fuera mayor, para que cuidara de mi hermano y de mí. Ella se echó a reír y por supuesto, nunca pasó. Y hoy, tristemente siento alivio de que nunca tuviera una hermana…

La curiosidad necesariamente te hace abrir los ojos y por ende, te vuelve más sensorial a lo que se gesta a tus alrededores, pronto noté que algo pasaba entre hombres y mujeres. No sé cómo, pero podía advertir que la sociedad asumía una inferioridad en ellas. Luego, con el paso de los años comprobé que era cierto ese menester. En la escuela había comentarios misóginos, en la televisión vi mujeres con poca ropa y hombres comentando al respecto, en la familia fui testigo muchas veces de comportamientos machistas.

Lo peor de todo fue darme cuenta que más de una vez fui partícipe de algún comentario o actitud misógina. La sociedad envuelve y contagia, muchas veces sin siquiera advertirlo, pero todos somos responsables de nuestro actuar. Cuando vi todos los problemas que causa esa enfermedad social del machismo, me arrepentí profundamente y no bastó, porque el daño ya está hecho y es irreparable.

Con frecuencia escucho comentarios desagradables sobre el movimiento feminista gestándose en el país, principalmente de hombres y me enferma la poca tolerancia y la maldita indiferencia hacia un problema que nos compete a todos. Más de una vez me he avergonzado de mi género por lo que representa en un lugar como este que se jacta de solidario cuando hay un desastre natural; y sin embargo, minimiza el más grande problema que tiene, una cultura de machos.

El día de ayer, por enésima ocasión, una chica que caminaba en dirección opuesta a la que yo me dirigía en una calle con poca luz, cambió de dirección con una cara de cautela que eufemizaba el miedo de que yo la fuera a transgredir y eso es algo que nunca he sentido como hombre, pero que cualquier mujer siente a diario en sus traslados de casa al trabajo o escuela y de regreso. No sé si consiga entender alguna vez, por qué debemos esperar a que le suceda algo terrible a una mujer de nuestra vida, para abrir los ojos y entender por qué el rol de las mujeres en la sociedad es tan importante.

Es probable que este 9 de marzo las cosas no salgan del todo bien, pero creo fielmente que es una forma de conscientizar a la población. Espero que la mayor cantidad de mujeres posible se una al movimiento y las que no, al mirar la ausencia de las que sí, se contagien de ese empoderamiento y en el futuro decidan unirse. El cambio no se da de la noche a la mañana y será una tarea complicada, quizá una de las más complicadas que ha tenido el país, pero merece la pena.

El 24 de octubre de 1975, el 90% de las mujeres islandesas se manifestaron para exigir igualdad de género, con ello paralizaron al país y abrieron los ojos de muchos hombres; hoy en día Islandia es el mejor país para ser mujer. Si bien, los problemas de México son más graves, el lunes será un hito en nuestra historia; un evento sin precedentes que puede servir como moneda de cambio para transformar al país en tiempos venideros.

#El9NadieSeMueve

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