Eterno resplandor de una mente sin recuerdos

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Clementine, me he sentado esta madrugada a no hacer otra cosa más que aquella que se concibe no caminando, como las ideas de Nietzsche, sino dejando de dormir, de soñar. Y buceando en uno de tantos abismos de la retentiva, me ha irrumpido la duda. ¿Aún puedes decir, sin fallar, la hora que señala el reloj? Un hombre de ciencia como yo, debería haber advertido el truco, pero preferí aceptarlo como brujería pura derivada de unos ojos grandes, sobrenaturales.

Te mirabas tan aguerrida y tan frágil al mismo tiempo, recuerdo. Cuando la noche caía, Clementine, no podías escapar a su abrazo oscuro que te exponía para mi asecho. Lo cierto es que era una suntuosidad salir del escondite para caer en una atmósfera de un aroma suave y nunca tan dulce que me proporcionaba tu presencia en la corta distancia.

Oh, Clementine, siempre hablamos de aquello que terminó por devorarnos, el tiempo. Los minutos se pasaban tan lentos a la espera del encuentro, aun cuando carecías de compromisos, porque la puntualidad nunca fue lo tuyo. Si un segundo puede marcar una diferencia en la historia del mundo, figúrate lo que puede ocasionar una hora.

¿Hace cuánto que tus ojos no penetran en los míos? La sensación era la misma que cuando mi voz penetraba tus oídos como el álbum diario. ¿Puedes recordarlo, Clem? No había día, juntos, en el que no hubiesen citas a las bellas artes, al menos a las favoritas; las analogías nietzscheanas, los trazos matemáticos de una noche estrellada, mimetismo depresivo en el soundtrack o el psicoanálisis existencial de Sartre. Todo lo que siempre llevaba a alargar conversaciones más allá de los primeros hilos de luz solar luego del amanecer.

Nunca fui melómano y nunca lo seré, sin embargo dudo con fervor absoluto que esto haya representado una debilidad como lo pintaste, Maldición, Clem. No necesitas ser un amante de la música para sentirla y reconocer que es algo bueno, de la misma manera en que no necesitas saber qué es un campo magnético para dejarte impresionar por el universo con luces del norte, por ejemplo.

Nunca lo entendiste, no necesitas ser un experto para que algo te importe. Tampoco ocupabas hacer menos a los demás, porque al final, todos somos lo mismo, polvo de estrellas con millones de años, tan solo en un universo caótico. Te perdí mucho antes de que todo pareciera llegar a su fin, Clementine. Y te largaste como al interior de un agujero negro, sin retorno.

Pero no tiene nada de increíble como lo que a mi mente le es obligada sentir, la desesperación de seguir amando un recuerdo y disparidad con los abismos de la memoria. La lluvia, Clementine, es la que trae mi mejor recuerdo de ti, ¿Sabes de qué hablo? Así es. Una chica que desapareció, una motocicleta, algo de comida y una noche lluviosa.

No sé si Lacuna Inc funcionará, pero hoy te digo adiós, Clementine Kruczynski.
Gracias por el viaje breve, amor.

 

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