De la envidia y los niños

San Gregorio Magno fue un papa romano coetáneo de la segunda mitad del sexto siglo y seleccionó lo que hasta el individuo más disputado con la teología reconoce, los siete pecados capitales. Mientras que para el dogma religioso “Tristeza por el bien de otros”, es el nombre que cede a la envidia, la ciencia también hace su aportación metalingüística; para el psicoanálisis “Sentimiento experimentado por aquel que desea intensamente algo poseído por otro”, pero la psicología evolucionista también emite un dictamen “La envidia posibilita comprender el lugar en donde la persona se encuentra para contrarrestarlo”.

Según la psicología evolutiva, se trata de una emoción que nos motiva a cambiar, y de ahí su lógica en el mejoramiento de la evolución.  Podemos entender que la comparación social juega un papel fundamental en la manera en que nos percibimos a nosotros mismos y la inherente evolución. El individuo puede alcanzar mejoras en su ser al ver reflejadas sus deficiencias en el superávit ajeno.

¿Es entonces la envidia algo positivo, negativo o necesario dentro de la psique humana?

Previamente, lo prudente es discernir bajo qué contexto. Es injusto apreciar el arte solo desde un solo ángulo. Bajo la condición de anhelar algo con vehemencia y ambicionar adquirirlo a partir de lo que otro individuo tiene, provoca miseria a aquel que experimenta el sentimiento. Rara vez se exhibe la envidia y resulta poco habitual que se asuma, debido a que constituye aquiescencia propia de escasez, de un vacío.

Respecto del vacío en uno mismo, la clave para concebir la envidia con rótulo positivo, radica en ser de conocimiento concerniente al sujeto cómo transformar la sensación de infortunio al no poseer lo que su afín, en un instrumento de cambio íntimo. Es decir, no permitir que la no posesión de elemento alguno cause dolor o menester de tenencia, sino aspiraciones más allá de lo somero, personales, de naturaleza espiritual, como el conocimiento y las artes.

Los númenes pueden ser cualquier cosa e incluso conceptos abstractos e intangibles como la envidia. Si existe sobre la efigie terrestre a quien  envidiar con irrefutable argumento, son los niños. Esas pequeñas criaturas que aún carecen de maldad, que tienen una mente llena de ignorancia y que, sin embargo, los convierte en los mejores filósofos pues su constante pregunta es también la más recalcitrante y es la misma que ha llevado a los mejores avances culturales y tecnológicos: ¿Por qué?, ¿Por qué el pasto es verde?, ¿Por qué muere la gente?, ¿Por qué oscurece de noche?

La gente envejece cuando deja de hacerse preguntas simples, no con el paso del tiempo. Al crecer, se es extirpado de la facultad filosófica, cuando la sociedad, a guisa pasiva, pero coercitiva, inyecta información sistemáticamente y no razonamiento, entonces se empieza a dar por hecho lo que alguien más ha pensado antes, sin permitir cuestionamientos a dicha información y así, sin estímulos al razonamiento, con su curiosidad y preguntas, van muriendo los filósofos.

Crecer no debería conllevar el exterminio de cuestionamiento sobre el mundo. Si se ha de envidiar a alguien, ha de ser un niño, pero obedeciendo la psicología evolutiva y entonces retomar esa facultad filosófica y no dejar de cuestionarse por qué suceden las cosas.

“Lo más hermoso que podemos experimentar es el misterio. Es la fuente de todo arte y toda ciencia de verdad. Aquel para quien esta emoción es desconocida, aquel que ya es incapaz de detenerse para maravillarse y sentirse transportado por un sentimiento reverente, vale tanto como un muerto: sus ojos están cerrados”.

~Albert Einstein

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