Novissimo autem die (3)

Al final volvemos a donde nada es todo lo que hay”.

La pregunta quedó inconclusa, volando en el ecuánime aire, y mezclándose con el bálsamo húmedo del lugar. Pues arrancó la llave con un impulso y mientras la volvía a guardar, asió el pomo de la puerta y tiró de él. Se trasladó al interior en una zancada y la puerta se cerró tras de sí, con un golpe seco que dejó vacilante a la figura senil de la puerta contigua.

Se acercó a uno de sus libreros y buscó entre su mochila la novela concluida, la extrajo de uno de los compartimientos y la desasió sobre el rincón del estante de madera. Contempló durante segundos la pequeña biblioteca que había ido recopilando desde el libro de partituras que le obsequió su padre antes de que pudiese enseñarle piano, hasta la última novela regalada por su madre, autografiada por su escritor favorito. Haló algunos libros de la parte de media hacía sí y sacó del fondo una vieja libreta llena de notas. «Parque-Casa: tres mil novecientos ochenta y siete pasos», anotó.

Mientras se servía la cuarta taza de café, continuó escribiendo. Su pluma se patinaba sobre una hoja, la tinta negra teñía líneas y líneas de texto, las letras cursivas y arrastradas junto a lo amarillento de la hoja, hacían que la carta aparentara años de antigüedad. Hacía mucho que no invertía tanto tiempo en una carta de esas, o más bien, nunca había escrito una carta como esa. Su facción era ecuánime, y conforme avanzaba su escritura, la conservó así. Se mantuvo estoico hasta el final. A pesar de la mano trémula, firmó con premura la carta. La tinta de la pluma fuente acarició la hoja y dejó plasmada la rúbrica. Colocó la estilográfica sobre el hológrafo y se apartó de la escribanía tallada en caoba, sin percatarse de la gota de tinta que se impactaba sobre el final de la carta.

Recargado sobre el alfeizar de la ventana, observaba parte de la ciudad bañada en la luz lunar que atravesaba las nubes diáfanas. La Luna era la única que instigaba, a ratos, fuera de su prodrómico estar. Fue media hora el tiempo que miró la mota blanca del cielo y antes de cambiar de opinión una vez más, se apartó de la ventana. Suspiró mientras corría las persianas y contemplaba cómo todo aquel brillo se desvanecía en líneas de luz lívida horizontales al tamaño del orden del ancho del ventanal.

Prendió la llave del agua caliente en la bañera y se paró desnudo frente al espejo. Miró su cuerpo como si se tratara de alguien más; le costaba reconocerse. Su rostro apenas y expresaba facciones. Observó su sexo y mostró apatía al mirarse tantas veces de arriba abajo. Un par de manchas oscuras se dilataban alrededor de sus ojos, días sin conseguir el sueño y la falta de apetito habían dejado fuertes estragos en su persona. Incluso un extraño hedor comenzaba a manifestarse, llevaba días sin ducharse y aunque sabía lo insalubre de tal hecho, no conseguía apetencia por hacerlo. Su vello facial anegaba su rostro, llevaba al menos un mes sin que el rastrillo se posara sobre su piel. Su aliento había adquirido el aroma del café americano que tanto consumía. Oteó de nuevo su cuerpo desvestido anverso en el espejo y esbozó una ligera sonrisa. «Al final volvemos a donde nada es todo lo que hay», pensó energéticamente.

Tomó la barra de jabón y la frotó en sus manos generando espuma. Se sintió extraño al impregnar aquella efervescencia en su rostro. Paseó el rastrillo en el agua caliente y tonsuró poco a poco el vello de su rostro. Se notó diferente, algo había cambiado, no sólo en su apariencia física, sino dentro de sí mismo. Asperjó un par de veces su cara con agua fría. Cuando no quedaba rastro del jabón situó sus manos en los pómulos y palpó para comprobar que todo rastro de vello hubiese sido removido. Posó los dedos pulgar e índice izquierdos en las comisuras de sus labios y desasió frente al espejo la necesidad de sonreír.

Apagó la llave en la bañera al mismo tiempo en que introducía un pie en ella. Una vez dentro, miró hacia todos lados, a cada una de las cuatro paredes en el cuarto de baño. Movía la cabeza de un lado a otro como negando algo. Trataba de disuadirse de su propio juicio. Luego reparó en que nunca antes había tenido un recuerdo tan fuerte de su padre, de su familia y sus momentos juntos. Eran recuerdos desmesurados, todos ellos con algo en común; lo hicieron sentir como hacía tiempo no se sentía, emocionado de algún modo.

Arriba de la mesita de baño había un altavoz reproduciendo melodías europeas del clasicismo. Para cuando el violonchelo de Danzi dejó de sonar y Clementi inició su armónica sonata, el agua estaba casi fría. Imaginó que estaba sentado junto a su padre y éste le enseñaba a interpretar con cautela y precisión cada partitura. Visualizó un piano hecho con la espuma que sobrenadaba frente a él y pinchó las pequeñas burbujas al ritmo de lo que sus oídos percibían, como si se tratara de teclas.

Mientras deliraba con aquella lúcida utopía, llevó su mano derecha al lavamanos. Sintió el gélido del cartabón metálico. Recordó el final de su libro «Entonces extendió las manos y abrazó el mar negro como el carbón», Pensó acerca de la ironía expresada en aquella línea. Entretanto, la última melodía se consumaba en la toilette. «Nunca ignores que lo mejor siempre se manifiesta al final», recordó a su padre y esbozó una sonrisa blanca igual a la de su madre. La última nota musical se disipó en el aire e imaginó que ésta se impactaba en las cuatro paredes de la habitación en guisa simultánea. Luego amartilló el arma, colocó el cañón en la sien y cerró los ojos sintiendo la brisa del mar.

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