Novissimo autem die (2)

¿Más gatos? —preguntó juerguista, tratando de sonar curioso, aunque en realidad se cuestionaba si cabría un gato más en ése departamento.

No obstante, cuando cerró el libro se percató de que la música había dejado de oírse. Había terminado hacía más de media hora y ni siquiera recordaba el armónico tono del preludio Italiano. Cuando guardó el libro miró que gran parte del sitio empezaba a ser abrazado por el hálito de la brisa nocturna, que se aproximaba a su piel como una brisa entrañable. Se sintió del mismo modo en que se sentiría alguien que va por la tarde a ver una película sin advertir una duración tan prolongada; sale del cine y repara en que todo luce diferente, porque la ciudad viste de noche. Su película había sido la última mitad de aquel libro.

Frente a él había un faro cuya luz no lograba ser más intensa que aquella que descendía desde lo alto. Reflexionó acerca del brillo lunar e imaginó un duelo entre la oscuridad y la luz mortecina que trataba de llegar hasta pequeños rincones en que la oscuridad reinaba, se sentía bucólico. «Después de todo, la Luna alivia a los que se han intoxicado de filosofía», pensó, sin darse cuenta de que su utopía citaba a Sabines. Volvió su mirada hacia aquel astro en el cielo y al tratar de seguir sus rayos lechosos, observó con detenimiento la forma en que, al impactarse con el faro, se proyectaba una sombra perpendicular al poste. Visualizó una flecha en aquella sombra que convenientemente era la dirección en la que tenía que partir y siguió el camino recordado por la Luna.

Rara vez contaba y no es que escasearan cosas de su interés para hacerlo, pensaba más bien que tendría que anotar cada cosa que contase para consultarlo, de ser necesario alguna vez. Aun así, conservaba una libreta vieja de hojas ajeadas y ambarinas, llena de notas, algunas figuras y signos al azar sin sentido para cualquier espectador que no fuere él, salvo por números y guiones que evidentemente representaban fechas seguidas de breves glosas.

Aquella noche sintió menester por contar, deseaba saber cuántos pasos caminaba desde el escaño del parque hasta su departamento. Mientras avanzaba hacia la salida de la apacible dehesa, se cuestionó si sería de utilidad saber cuántos árboles veía en el trayecto, pero no se dejó distraer mucho por la idea y a manera no menos burda, continuó sumando mentalmente cada zancada. Tan sólo desde el sitio en que se encontraba hasta la salida del parque, llevaba cuantificados seiscientos y tantos pasos. Se sorprendió con la cantidad y reflexionó sobre lo asaz de las distancias que se recorren monótonamente. Continuó andando y siguió contando. Ya estando a exiguas costanillas de su hogar pensó que eran ya suficientes números. Seguramente además de ser algo superfluo, era algo descabellado contar distancias en pasos. Pero se apeó a sí mismo y continuó avanzando por el arcén, instigado por su propio reto.

Miró el frontispicio de la estructura arquitectónica al llegar. Con un número a plasmar dentro de su libreta, entró al edificio y se preguntó si sería necesario sumar también los escalones hasta su departamento, pero se sentenció que ya era una cifra congrua. Luego de caminar a través de un pasillo lleno de puertas a los costados, llegó al extremo y se detuvo frente a su entrada que tenía un número de bronce colocado justo sobre el receptáculo para la correspondencia. Irónicamente, el número gambeteando en su cabeza era divisible entre aquella aleación de cobre y estaño. Introdujo su mano izquierda en el saquillo del pantalón. En seguida sintió el frío metal de la llave mezclarse con la plétora transpiración de su mano. Seleccionó sin ver una de ellas, la empotró en la cerradura y dio un par de giros.

¡Buenas noches, vecino! —Dijo una voz queda—.

La anciana de la puerta contigua tendría al menos setenta años de edad y solía salir a mirar cuando escuchaba que alguno de sus vecinos o alguien más se acercaba por aquel andador. No tenía ya muy buena vista, pero lograba distinguir sombras y siluetas. Para su edad, su audición parecía estar en muy buen estado, pues desde su sillón escuchaba los pasos provenientes de las escaleras. Por obviedad, tenía bien identificado el ruido que los zapatos de su aledaño producían al contacto con el suelo marmóreo.

¡Buenas noches! —se limitó a decir él—. Veo que tiene un nuevo amigo.

Es una niña, he decidido llamarle Nieve —recitó la anciana, mientras acariciaba el lomo blanco de una gata ufana por estar en los vetustos brazos de la mujer—. Ha llegado esta tarde, al parecer ha visto a Gody entrar a casa y esperó a que volviera a abrir la puerta para convencerme de dejarla quedarse.

Vaya —pensó en lo fácil que era conseguir comida y hogar siendo un gato mayando fuera de ése departamento, pero no hizo comentario al respecto—. Es eso o tal vez se enamoró de Gody.

­—Sí —sonrió la señora ante la broma, pero miró los ojos azules de la gata, como buscando alguna chispa que expresara amor—. Eso sería muy lindo. Más gatitos.

¿Más gatos? —preguntó juerguista, tratando de sonar curioso, aunque en realidad se cuestionaba si cabría un gato más en ése departamento. Se preguntó acerca de cómo se podría lidiar con el aroma tan fuerte de, según su último conteo, veintiséis gatos—. Ya es una gran familia, ¿Cierto?

Muy grande y lo será más con esta nueva parejita —respondió con voz eufórica­—. A propósito, querido, ¿Qué ha pasado con…  

–> Parte 3

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