Novissimo autem die (1)

«Entonces extendió las manos y abrazó el mar negro como el carbón»

Probablemente no se trataba del eufemismo adecuado para llevar un personaje a su muerte; sin embargo, se trataba de una línea que marcaba el final a una novela. Cerró el libro y antes de mirar hacia cualquier lado, dejó que sus dedos se deslizaran sobre la cubierta del mismo. Le dio la vuelta y leyó la reseña justo como el día en que lo adquirió. Como si se tratara de una liturgia literaria, cerró los ojos con el ejemplar entre ambas manos y reflexionó en silencio sobre aquel breve resumen, preguntándose si ésta correspondía a lo que recién terminaba de leer e incluso si la portada concernía a modo adecuado con el manuscrito.

Llevaba al menos tres horas sentado bajo la misma sombra lozana obsequiada por un poblado árbol. Precedentemente, recién había llegado allí, se percató de la manera en que la luz siempre logra ser tan penetrante, hasta en la oscuridad de las sombras, porque al volver su mirada hacia arriba, los pequeños rayos solares que se filtraban a través de las hojas en las ramas del árbol, se le antojaron como las estelas que dejarían cuchillazos al azar en medio de la noche.

Se había propuesto terminar de leer aquella obra literaria ése mismo día. Fue así como el inoportuno sonoro ruido ocasionado por los automovilistas irritados se había desvanecido, junto al murmullo de voces ajenas a su conversación con el libro. La lista de música creada días atrás para disfrutar de su lectura consistía en una mezcla de composiciones adjudicadas a ingeniosos de la música docta, con la habilidad de articular combinaciones perfectas entre tiempos de sonido y silencio. Creía que las emociones alcanzadas con la música digital nunca serían iguales al deleite de presenciar una melódica exposición o estar de pie frente a una audiencia vehemente de armonía, regalando poesía eurítmica conferida con su violín, sin embargo, para su cometido literario, la música en su iPod se apetecía suficiente.

La ejecución musical diaria nunca podía terminar, sin guardar para sus oídos un final con una pieza perfecta; Didone Abbandonata. Configuraba y modificaba constantemente sus selecciones musicales para poder escuchar en paralelo a la realización de sus actividades cotidianas; ésta era la sexta vez al undécimo día del mes. Convertía la asequible tarea de seleccionar melodías y montarlas a un dispositivo, en una ardua y compleja misión. Incluso cuando tenía muy poco tiempo, se sentaba frente al ordenador a crear filtros y verificar compatibilidades entre escalas musicales. Aquella ocupación de fusionar composiciones, le resultaría burda a muchos. A él no. Apenas era próximo a un ritual, igual que las personas que agradecen antes y después de comer, o las que visitan la iglesia para dilapidar sus pecados, pensaba. Infaliblemente, la cadencia de la última melodía era siempre la misma. Cada cóctel melódico terminaba con una sonata para piano en sol menor.

Su figura paterna siempre la encontró distante. No le recordaba mucho, había muerto cuando joven. Un accidente automovilístico le había arrebatado una parte a su vida. Sus padres, hermana y una amiga del instituto viajaban en el mismo vehículo. Regresaban de un concierto para piano; uno de esos talentos jóvenes había conseguido darse a conocer gracias a un profesor que, luego de varios minutos apelando a la transigencia del rector se había hecho con el consentimiento para utilizar el auditorio de la academia esa noche. Su padre era aquél recalcitrante catedrático.

Apenas lo veía por las mañanas, pues trabajaba más tiempo que el demandado por su contrato. En ocasiones se quedaba sentado en la alfombra frente a la puerta, por la que esperaba ver cruzar esa efigie paternal. Cuando era muy tarde, se recostaba sobre su cama hasta quedarse dormido. Muchas veces dormitaba y podía escuchar a su padre llegar y sentarse frente a aquel instrumento de cuerdas percutidas, correr sus dedos sobre el dicromático marfil de las teclas y oprimir sólo las adecuadas.

Y esa fue la imagen que asaltó su mente: un hombre de mediana edad, vistiendo un traje negro, calzando unos bostonianos, cabello enmarañado y vello facial de una semana; sentado al piano e invitándole a disipar el silencio en una noche de luna llena. La imagen duró apenas el tiempo en que cerró los ojos, luego de ofuscarse por un par de luces que se impactaban contra ellos y arramblaban la vida de aquel melómano.

Si bien no recordaba mucho acerca de su padre y su fiel intento por serlo, rememoraba perfectamente algo que le espetó al oído cuando niño: «Nunca ignores que lo mejor siempre se manifiesta al final», aquello en una visita a un restaurante, un par de minutos antes de que colocarán un plato con postre de chocolate frente a él. El recuerdo lo hacía sonreír. No tardó mucho en darse cuenta de que cuando se discurre acerca de la vida, a determinado modo, la vida en sí, trata sobre lo mismo. Didone Abbandonata es una de las últimas obras de Muzio Clementi y la noche del accidente, justo había sido la última partitura interpretada en el concierto. Esta siempre era la última sonata que escuchaba. Se convirtió en su réquiem melódico…     –> Parte 2

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