Crepúsculo

Solté la copa en el fregadero al tiempo en que engullía el último sorbo de vino tinto, el sonido del cristal al tocar la fina loza inundó los rincones del lugar en un segundo con un eco mudo que taladró mis oídos y en un intento por recuperarme del aturdimiento, un recuerdo burdo me atacó cobardemente por la espalda, esta alusión versaba sobre aquel día en que viajábamos por la Costa Oeste en el único auto rentado que nuestro presupuesto pudo concedernos.

Las maldiciones de mi madre al escuchar la idea de esquiar en el Monte Hood siguen presentes en mi mente, jamás entendió mi locura y no puedo culparla, pues ni siquiera tú que estuviste cerca, lo conseguiste. Nunca me gustó el vino tinto, pero insististe en que sería una buena idea detenernos en uno de esos viñedos a “educar” mi paladar con la Cabernet Sauvignon —dijiste—. Sonreí por la ironía al advertir que se trataba de la tercera botella consumida a los tres días de viaje.

Esto suscitó que me dirigiera a media oscuridad a la cantina de mi padre y tomara una botella de Malbec. Cuando tiraba con un poco de fuerza para extraer el corcho, un aire húmedo atravesó la habitación y en seguida comenzó a llover. El olor a tierra mojada evocó el momento en que estábamos en esa vieja cabaña con aroma a madera y humo de cigarro, abriste la botella que hurtaste de la cata algunos kilómetros atrás, entonces comencé a beber igual que lo hicimos aquella noche, directo de la botella.

Miré la copia del cuadro de Dalí que nunca me gustó, pero que dejé en la pared a la espera de que volvieras por él, por un momento sentí que los relojes escurridizos se movían alterando la hora, pero pronto noté que no era más que uno de los efectos de tanto alcohol. Me deshice de los tacones altos antes de subir las escaleras y pensé que la sensación de mis pies desnudos sobre los peldaños era la misma que sentían tus dedos largos sobre el piano cuando interpretabas los Estudios de Chopin para mí.

Me puse el horrendo vestido que me obsequiaste en mi cumpleaños, pero no llegaste. Al inicio creí que llegarías tarde como siempre y fui dos veces a revisarme el maquillaje. Fue cuando la botella de vino se terminó cuando entendí que no llegarías. Me quité la ropa y me miré desnuda frente al espejo, solté mi cabello que aún olía bien, me tiré sobre la cama y puse la botella a contraluz, miré el color del vidrio, era verde un verde casi tan penetrante como el de tus ojos que aprendí a apreciar incluso en los días lluviosos.

Entonces recordé la última vez que te vi, que no podía ni siquiera hablar. Te acercaste un poco a mí como invitándome a conversar, pero me dejaste petrificada e indefensa. No estaba preparada para verte, mucho menos para poder hablarte, tan solo me alejé sin que fueras capaz de romper el silencio y me arrepiento casi cada día de no hablarte en ese momento, porque ese día comenzó el inicio de una muerte que termina lento.

Esta fue una noche de esas en que la atmósfera evoca tu recuerdo y te extraño sin saber por qué y aunque el esbozo reminiscente es cada vez más difuminado, espero que el vino traiga sueños de ti esta noche.

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