Sobre quimeras que dejan de serlo

Sonreí al advertir que el céfiro proveniente del exterior sugería una tarde otoñal. El aroma discreto y misterioso se había marchado de la gran habitación dejando vestigios en cada una de las cuatro paredes. Volví mi cabeza hacía la bóveda de la estancia en que me encontraba con la esperanza de hallar una respuesta a lo sucedido, pero solo obturé los ojos y en un suspiro agoté la última estela de humo femenino dispuesta a huir por donde las otras.

Cuando terminé de paladear aquella fragancia exquisita abrí los ojos y percaté que había una esperanza. Bajo la cama seguía el calzado femenil que al momento se me antojó como prenda de un ser mitológico feérico. Advertí lo arriesgado de aquella doctrina juerguista y dejé en paz a las pequeñas botas grises. Subí un poco la mirada y noté en la otra mesita de noche algunos artículos de tinte ajeno.

Caminé ya sin la necesidad de evitar hacer ruidos y estiré la mano para tomar con cuidado del armazón negro los lentes que descansaban sobre la superficie de ebanistería sencilla al costado de la cama. A pesar de no haber visto a otoño portando los anteojos esa mañana, sabía qué tan bien lucían y cómo hacían resaltar sus ojos grandes como planetas situados a la lejanía. Me calcé los lentes y sentí de inmediato una nueva forma de ver el mundo; era como verlo a través de sus ojos.

Me senté sobre la cama ignorando que aún había más. Al sentarme noté una pequeña superficie rígida que comenzó a emitir sonido bajo las sábanas blancas. Me levanté en seguida y a tacto comencé a buscar qué era. Tomé el reproductor con mis manos y ajusté el volumen para poder escuchar bien de qué se trataba. Una banda sueca comenzaba a tocar y la música me invitó a quedarme recostado en el lugar que ella había ocupado hasta la mañana de aquel día. Cerré los ojos y pronto me sentí olvidando todas las barreras y durmiendo a varias millas de allí.

Luego desperté. Abrí los ojos y sentí cómo el poco sol de aquella mañana me ofuscaba un poco al intentar acostumbrar mi vista a la luz luego de una larga noche. Fue algo tardado, pero conseguí adaptarme adecuadamente a la luz que se filtraba en la habitación, sin embargo, no me gustó lo que mis ojos vieron o más bien, lo que no vieron. La habitación era muy diferente, las almohadas suaves y con un aroma femenil agradable habían desaparecido. La cama era más pequeña y las sábanas blancas también se habían desvanecido.

Medroso y dubitativo me asomé bajo la cama y moví algunas cajas una y otra vez con la equívoca ilusión de que, tal vez, el par de botas grises seguiría allí. No pude encontrar si quiera una huella de aquel calzado. Sabía que toda esperanza se veía comprometida después de experimentar aquél vacío existencial. No obstante quería agotar todas las posibilidades y busqué sobre el área pequeña de la superficie de la mesita de noche. Ni el reproductor de audio, la música o los de armazón negro como la noche estaban ahí.

Desesperado estuve a punto de aceptarlo, pero recordé el libro El Romanticismo; lo busqué también en el suelo con la idea de que pudo haber caído, luego supe que el lugar correcto para una búsqueda así, debía ser el estante del fondo y comencé a sacar libros, buscando el de la pasta de piel con el título escueto y aroma a viejo. Después de algunos minutos advertí que el único lugar donde un libro así podía estar, con mi suerte, debía ser la última biblioteca a la que yo tendría acceso. No había más, tan sólo tenía que aceptarlo, todo había sido un hermoso sueño.

Aunque un instante sentí que mis ojos comenzarían a reflejar lo que se había roto dentro de mí, decidí sonreír de último momento, por haber sido yo el de la facultad de soñar con ella y no alguien más. Me senté al borde de la cama a cavilar a cerca de lo que podría haber pasado o no aquella noche de sueños, ya no estaba seguro. Finalmente me apeé de las ideas freudianas y consentí que era mejor apresurarme, pues se acercaba la hora para salir de casa.

Terminé de alistarme y bajé a la cocina con la idea de morder algo. Así la puerta de la nevera y tiré de ella, dentro me topé con algo de helado, un poco de pizza, ingredientes suficientes para preparar un baguette en caso de tener el pan requerido y un par de latas de refresco. Pensé que los champiñones cubiertos de queso en la rebanada de pizza serían suficiente. Terminé de comer y cuando estaba dispuesto a abandonar el lugar, muy cerca de la puerta lo vi en el suelo. Abierto en la página ciento cincuenta, se encontraba la novela policiaca norteamericana.

¿Qué es la vida? Es el brillo de una luciérnaga en la noche. Es el hálito de un búfalo en invierno. Es la breve sombra que atraviesa la hierba y se pierde en el ocaso. Eso estaba subrayado en la página de aquel libro abierto. Sonreí al pensar que al menos ese libro estaba ahí, y al saber que, así como podría tratarse de una concomitancia, también podría ser la coyuntura adecuada. Corrí entonces a llevar esta obra al mueble del cuarto, junto a la cama; no podía arriesgarme a perderle; en el cajón estaría segura.

Antes de salir de casa reparé en los libros que había desordenado tiempo atrás en la agobiante búsqueda de El Romanticismo; entonces vi un libro que no conocía, no recordaba tener uno así. Estaba forrado en piel negra. Con premura lo cogí para comprobar que no era libro que tanto había buscado sin éxito. Era misterioso, porque ni quiera tenía título. En un instante lo abrí y miré dentro. Pero estaba vacío, literalmente vacío. Pensé que se trataba de una broma de mal gusto, porque había muchas hojas encuadernadas aparentemente sin propósito alguno. Tomé el libro y lo dejé en el escritorio, pensando que podría usarlo después.

El día parecía haber ocurrido sin más que como siempre, así que para deshacerme un poco de la monotonía, el parque me sugirió leer en él. El lugar estaba tan cautivante y apacible que apenas y podía darme cuenta de que la temperatura estaba decreciendo, lo que sí noté al instante con la nariz, fue que la humedad había aumentado. Un grácil céfiro acarició mi cara, pero en él había más que una advertencia de lluvia, traía consigo un aroma suave, apenas advertible del cual estaba estaba seguro, conocía. Pero antes de figurarme los ojos grandes como de venado, un par pequeño de manos, que aparentemente carecían de esmalte en las uñas, cubrieron mis ojos de forma divertida.

Antes de poder articular palabra alguna, la pequeña y hermosa figura se plantó frente a mí, abriendo sus brazos como invitándome a ponerle fin a la concepción que tenía del mundo. El libro cayó al suelo perdiéndose la página en lectura, pero ya nada podía importar más que también abrir mis brazos y recibirla para pronto ajumarme con el aroma exquisito que destilaba su piel. Su cuello desnudo se ubicó muy asequible a mi nariz y llené mis pulmones con su aroma más de una vez.

El cielo sintió gran empatía por el momento que presenciaba, sabía que era preciso lo que estaba sucediendo aquí abajo y lloró felicidad. Alrededor nuestro la yerba se irrigó con cada gota de lluvia. Con ternura nos besamos y no había tiempo para descansar, era, en el mundo, el sitio adecuado. Aunque las palabras sobraran, conseguimos cruzar algunas esta vez. Era el lugar más perfecto, teníamos esa pequeña parte del mundo para nosotros solos. Todo sobraba; la gente, el espacio, el sol que se había ocultado, la luna que no tardaría en aparecer, las estrellas lejanas, todo sobraba. En ese momento lo único que escaseaba era tiempo, porque con ella este parecía irse rápido.

No había oportunidad de tener frío dentro de esos brazos y por primera vez, luego de un beso largo, su mirada se clavó en mí; justo como nunca lo había hecho. En sus ojos convergía mi sonrisa y aunque hubiera querido escapar de su mirada, habría sido inútil porque por ese momento dejé de pertenecerle al mundo, le pertenecía a ella, a sus ojos. Después de ese lapso temporal, cuando volví, ella me miraba con algo nuevo, algo que jamás habría esperado. Su boca pequeña me sonreía como nunca antes había visto. Parecía que sus labios se arqueaban solo un poco, pero lo necesario para esbozar la sonrisa perfecta.

Ya la había visto sonreír, incluso reírse, pero había magia en ese momento; no sólo se trataba de una sonrisa, era su cara, sus ojos, su nariz y su fleco despeinado los que hicieron que tatuara ese recuerdo a fuego en mi memoria. Porque, aunque podría ser un pensamiento egoísta, la vi feliz entre mis brazos y supe que eso significaba la sonrisa angelical de la mujer frente a mí. Después de disfrutar algo de tiempo juntos, tuvimos que retirarnos. Su mano apretó fuerte la mía hasta que el día terminó y ella tuvo que marcharse.

Cuando volví a encontrarme en la cama, no quería volver a dormir, estaba asustado de que al despertar, reparara en que todo había sido parte de un maravilloso sueño. Permanecí hasta tarde con los ojos abiertos, girando sobre la cama y pensando en lo maravilloso de aquel día. Finalmente mis ojos cedieron y me envolví en un profundo sueño.

A la mañana siguiente desperté enojado conmigo mismo por haberme quedado dormido y no había razón, porque su aroma estaba impregnado en mi ropa. Ya no se trataba de un sueño, ella era real. Habíamos comenzado una historia y lo sucedido era apenas el preludio de nuestra melodía. Supe así, para qué era libro vacío; sin esperar por más busqué mi mejor tinta y en la primera página del libro, inicié el primer capítulo: Otoño.

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