Otoño

El ambiente adquirió una descripción tan asequible, que bastaría con decir que era frío; y probablemente eso fue lo que me obligó a despertar de un sueño del cual a penas y recuerdo. Los dedos de mis pies se me antojaron como cubitos de hielo, de los mismos que hay en la nevera listos para afinar cualquier bebida. Tardé un poco en abrir los ojos y en el acto noté pequeñas partículas de luz filtrándose por entre las cortinas de una gran ventana.

Me levanté lentamente, mi cuerpo se estremeció cuando toqué la helada superficie de madera con mis pies desnudos, era aún más fría. Me sentí obligado a buscar un par de chancletas en medio de la difuminada oscuridad; sin éxito. Caminé hacia la línea que iluminaba el sol; el espacio justo entre las dos cortinas e inmediatamente sentí la agradable sensación de calor cubrir mi cuerpo trémulo. Tomé ambas cortinas, de un tirón las corrí y las desasí hasta estar seguro de que toda la luz solar que podía filtrarse hubiere entrado por el ventanal.

Toda la habitación se bañó en hilos solares; incluso bajo la cama se filtraba aquel áureo fulgor, que consentía la visualización del paradero del par de chancletas disimuladas tras una caja, que se posicionaba justo al costado de un par de zapatos pequeños y femeninos.

Mis sentidos se despertaron al fin. Desconcertado, me acerqué de nuevo a la cama, sabiendo ya que ése bulto de tierno y suave aroma discreto no se trataba de mi soledad y mucho menos de una almohada haciéndome una mala broma, soslayé el ateísmo cuando vi ése pie desnudo, porque cualquiera volvería a creer en Dios luego de ver una piel tan perfecta y de apariencia suave asomándose por entre las blancas sábanas. No se trataba de un pie izquierdo grande, mucho menos pequeño, era perfecto.

Me moví despacio en un intento fallido por no hacer ruido al avanzar sobre la duela, miré mi libro en lectura tendido sobre mi pantalón negro, como si se hubiese caído de la mesita de noche, como si alguien lo hubiera tirado a propósito. Contemplé una portada oscura, igual al contenido de la novela en sí, reparé en el trabajo que debe hacer el ilustrador para, con una imagen, impregnar una idea de lo que trata el libro sólo con la cubierta.

Se trataba de una novela policiaca escrita a inicios de la segunda mitad del siglo XX por un periodista americano; un gran trabajo de campo que muestra ambas caras del sistema judicial norteamericano. La montaña con cabello corto y oscuro, tendida sobre la cama osciló suavemente, emitiendo un sonido tierno de sueños, miré de reojo a la mesita bien adosada a la pared y supe, por la superficie con libros, que la novela yacida en el suelo, había sido lanzada por mí.

Encima del mueblecillo, se posaban algunos libros, la mayoría forrados en piel con un título que oraba algo excesivamente escueto. Entre ellos, uno llamó pérfidamente mi atención, el nombre de la obra rezaba: Romanticismo. Lo tomé con cuidado para no tirar otros libros y despacio me senté sobre la cama, tratando de hacer el menor movimiento posible. Una vez sentado, pasé los dedos sobre la portada acariciándola delicadamente, como si se tratara de la piel que se encontraba a escasos centímetros míos. Luego de aquella liturgia literaria, me decidí a abrirlo advirtiendo el maravilloso aroma de un libro viejo.

Por alguna razón, me asaltó la idea de que, al abrirlo me contraría con alguna imagen del Caminante sobre el mar de nubes o tal vez a Goethe en la campiña romana, incluso alguna fotografía de Beethoven, algo germánico, pero no fue así. No al inicio. La primera fotografía impresa del viejo libro era una de las pinturas negras de Goya, Saturno devorando a un hijo, pintada con la técnica de óleo al secco, aludiendo a la frase de Vergniaud que estaba inscrita en el pie de la foto: Los ciudadanos tenemos razones para temer que la revolución, como Saturno, devora sucesivamente a sus hijos, y finalmente produce despotismo, con las calamidades que lo acompañan.

No sé durante cuánto tiempo duré reflexionando sobre aquello, sólo que sí fue lo suficiente para que aquél cabello virara, quise apartar el fleco que cubría su frente, pero me distrajo la sábana blanca y delgada que, pegada a su pecho, dejaba marcar un pequeño hilo alrededor de su cuello y reposaba detrás de la arquitectura minimalista de sus orejas. La destapé con el pretexto de meterme bajo las cobijas, pero también quería ver la efigie femenil que descansaba junto a mí bajo una delgada sábana.

Fue un largo tiempo el que invertí observándola, embriagándome con su aroma lívido y casi secreto del amanecer fresco, el Sol convergía a modo adecuado con su cabello delgado, era como si tomara algún nutriente del mismo para brillar más. No podría resistir por mucho tiempo, quería tocar su piel, jugar con su cabello y abrazarla. Pero sentía miedo, miedo prematuro. Así que esperé. Algunos movimientos se ejecutaron mientras se desadormecía y su cuerpo reaccionaba luego de una noche de sueño reparador.

Sus labios eran una contradicción, finos y delgados como una niña, pero carnosos y de apariencia suave, que sólo con arquearlos su sonrisa adquiría un tono juerguista en sus dientes. Entonces sus párpados cedieron, despertaron un par de esferas grandes que con sólo mirarlos, imaginé, habían observado la Luna la noche anterior, porque sólo así se explicaría la forma en que habían encapsulado semejante brillo.

Me miraba, luego volteaba. Yo sólo podía estudiar su fisionomía, porque no me decía palabra alguna; quise hacer una loa acerca de la forma en cómo se acoplaba cada parte de sí sobre la cama aquella mañana, pero llevó uno de sus deditos frente a sus labios y siseó. Sin embargo, no quería quedarme en silencio y cuando estaba a punto de articular una palabra, sus labios, suaves como nubes, colisionaron con los míos e imaginé un ángel con pasión de demonio.

Todo fue rápido y su cuerpo comenzó a desvanecerse como un humo lívido. Quise llenar mis pulmones de ella, pero fue inútil. La ventana estaba abierta y corrí para intentar cerrarla, pero no pude, el humo salió por ella. Reparé en los árboles, las hojas adquirían tonalidades ambarinas y se desprendían para volar un poco antes de terminar tendidas sobre el suelo, inundando las calles con un amarillo de tranquilidad, ése era su aroma fresco y discreto afuera, en algún lugar. El otoño se estaba acercando.

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